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Cambiar
la vida: Rimbaud, las vanguardias y la posmodernidad
Víctor
Sosa
Desde
los románticos, pero sobre todo desde ese niño-poeta de Charleville
llamado Arthur Rimbaud, la poesía se ha impuesto como meta cambiar
la vida. Ya no se trata de cantar las grandes venturas o desventuras
de la especie como en la poesía clásica antigua, tampoco
de disolver el mundo en la sublimación del objeto amoroso, como
en la poesía provenzal y sus indeterminadas ramificaciones (y el
surrealismo bien puede ser una de ellas); se trata de hacer con la poesía
lo que veinte siglos de cristianismo no pudieron hacer con la religión:
cambiar la vida del hombre. Si Rimbaud aconsejaba -para poder arribar a
ese cambio- un desarreglo sistemático de todos los sentidos, era
porque depositaba en la poesía la posibilidad de un nuevo orden
moral, espiritual y estético. Poesía, entonces, como objeto
y como herramienta de cambio; poesía que no hablara de la vida,
que fuera la vida misma derramándose. Rimbaud indica el camino pero
quienes llevarán hasta sus últimas consecuencias este espíritu
(no letra) de la poesía moderna serán las vanguardias artísticas
del siglo XX.
Cierto, no siempre en las vanguardias
prevalece el espíritu profundamente transformador del poeta de las
Iluminaciones,
también habrá que remarcar el estilo bufonesco y artificioso
de alguno de estos movimientos, y me refiero, sobre todo, al futurismo
italiano. Marinetti publica el Primer Manifiesto Futurista en 1909, que
es un canto a la belleza de la velocidad, al peligro y a la celebración
de la máquina -encarnada ésta en el automovil de carreras,
el aeroplano y las industriosas fábricas humeantes: "Cantaremos
a las grandes multitudes agitadas por
el trabajo, el placer o la rebeldía;
a las resacas multicolores y polifónicas de las revoluciones en
las capitales modernas; a la vibración nocturna de los arsenales
y las minas bajo sus violentas lunas eléctricas, a las glotonas
estaciones que se tragan serpientes fumadoras; a las fabricas colgadas
de las nubes por las maromas de sus humos; a los puentes como saltos de
gimnastas tendidos sobre el diabólico cabrillear de los ríos
bañados por el sol; a los paquebots aventureros husmeando
el horizonte; a las locomotoras de amplio petral que piafan por los rieles
cual enormes caballos de acero embriagados por los largos tubos, y al vuelo
resbaladizo de los aeroplanos, cuya élice tiene chirridos de bandera
y aplausos de multitud entusiasta."
La necesidad de ser absolutamente
moderno -que también había impuesto Rimbaud a los hombres
de la época- encarna, entonces, en el futurismo de manera radical
y explosiva, pero también torpemente teatral y gesticulante; su
indiscriminada destrucción o negación del pasado y su infantil
culto al maquinismo
acaban por esterilizar algunas de sus
aportaciones prácticas más significativas, como las palabras
en libertad -verdadera ruptura con la sintáxis poética
tradicional que seguramente es el punto de partida para la gran revolución
linguística posterior, desde Joyce hasta la poesía concreta.
Sin embargo, más allá de las pertinentes críticas,
habrá que reconocer que el futurismo funge como un gran sismo en
las conciencias burguesamente adormecidas de la llamada belle epoque
europea. Sismo que antecederá al menos metafórico y más
crudamente literal de la Primera Guerra Mundial, ese que marca, en un sentido
más espiritual que cronológico, el final del siglo XIX.
Si
el futurismo albergó -dentro de un turbio crisol donde se mezclaba
socialismo, protofascismo y anarquismo- el afán intervencionista
y belicista de Marinetti ("la guerra -única higiene del mundo"),
será el movimiento Dadá quien, en contraposición,
denuncie la estupidez de la guerra y sus exacerbaciones nacionalistas.
En efecto, los dadaístas -reunidos en Zurich, territorio neutral
de la Europa en conflicto- mantendrán una misma postura pacifista,
antimilitarista y, fundamentalmente, negadora de toda tradición
estética, filosófica o moral. Tristán Tzara escribirá
la crítica de su propia escritura en el Manifiesto Dadá de
1918: "Yo escribo un manifiesto y no quiero nada, digo sin embargo ciertas
cosas y estoy por principio contra los manifiestos, como también
estoy contra los principios (...) Yo escribo este manifiesto para mostrar
que pueden ejecutarse juntas las acciones opuestas, en una sola y fresca
respiración; yo estoy en contra de la accion; a favor de la continua
contradicción, y también de la afirmación, no estoy
ni en favor ni en contra y no lo explico porque odio el sentido común."
Si el ataque de Dadá iba dirigido contra ese sentido común
que había posibilitado el sin sentido de la guerra, y si bien su
actitud nihilista fue lo suficientemente radical como para evitar el caer
en la tentación de una estética, el dadaísmo, sin
embargo, será expresivo y se consagrará, en su efímera
existencia, a una serie de actividades escénicas -precursoras del
actual performance-, plásticas y poéticas de enorme
poder revulsivo. Sin embargo, a diferencia del futurismo que apostaba todo
al progreso industrial y tecnológico de la civilización occidental,
Dadá disolverá el juego de las ganancias y las pérdidas
a golpes de tambores africanos y con las armas de los poemas fonéticos,
simultáneos y ruidistas -maneras de hacer pedazos ya no la sintaxis
sino el propio lenguaje articulado y proveedor de sentido. Otra vez el
cambiar
la vida se traduce en una crítica del arte y del artista (Rimbaud,
como sabemos, se fuga a Abisinia y muchos dadaístas acaban en monasterios
cristianos -caso de Hugo Ball- o devorados por los tiburones en el Golfo
de México -como le sucedió al poeta y boxeador Arthur Cravan).
En ese sentido, tanto el futurismo como el dadaísmo coinciden en
un punto: el arte y la poesía ya no están exclusivamente
en el poema o el cuadro -y de ninguna manera están en el museo-
sino en la calle, en las anónimas multitudes atareadas de las grandes
ciudades modernas.
Será
el surrealismo quien retome la consigna de Rimbaud, ya de manera explícita,
en el Segundo Manifiesto; pero ahora cohabitará con otra, no de
un poeta, de un filósofo y economista: "Cambiar la vida ha
dicho Rimbaud, transformar el mundo ha dicho Marx, para nosotros
esas dos frases se funden en una sola", escribe Breton en 1929. Es comprensible
que después de la negación absoluta que significó
Dadá algo viniera a rescatar el arte y la poesía de la hoguera
nihilista. El surrealismo -que fue la aventura de muchas personalidades
disímiles pero imantados por el enorme poder de convocatoria de
André Breton- volvió a poner el arte en el terreno de la
Historia. Como última vanguardia histórica, el surrealismo
intentó unir la experiencia poética -de raigambre rimbaudiana-
con la experiencia revolucionaria, sin por ello sujetarse a los preceptos
estéticos del tristemente célebre "realismo socialista".
Doble utopía: conciliar a Rimbaud con Marx; la economía con
la poesía, el arte con la política, el sueño arquetípico
con la razón histórica. En el Segundo Manifiesto Breton sintetiza
esa utopía: "Todo induce a creer que existe cierto punto del espíritu
desde donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el
futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser
percibidos contradictoriamente. Ahora bien, en vano se buscaría
para la actividad surrealista otro móvil que la esperanza de poder
encontrar ese punto". En ese sentido, el surrealismo rebasa los límites
-siempre imprecisos- del arte y se inscribe dentro de una más amplia
vertiente renovadora del espiritu moderno. Sus nupcias con el marxismo
-a total diferencia de aquellas que unieron al futurismo con el fascismo-
estuvieron siempre tamizadas por la crítica y por la total autonomía
en la creación, factores que le llevaron al definitivo distanciamiento
de la Tercera Internacional a raíz de los procesos de Moscú
de 1935. En la práctica, los hechos imponían la incompatibilidad
entre el dogma transformador digitado por los bolcheviques y la búsqueda
de nuevas realidades mentales y espirituales de los surrealistas, quienes
recurrieron al mediumnismo, a la hipnosis, a la revalorización del
mundo onírico -gracias a las aportaciones sicoanalíticas
freudianas- y en casos extremos -como el de Artaud- a las drogas alucinógenas.
En esa apasionada búsqueda de una superrealidad que unificara al
hombre (que contiene, a mi entender, una nunca reconocida herencia nietzschiana)
la poesía gozaba de una absoluta omnipotencia. Poesía no
como un fin en sí mismo sino como herramienta de liberación
de las partes recónditas del ser: todo aquello soterrado, reprimido,silenciado
por los mecanismos reguladores de la razón; pero también,
poesía como fuente de conocimiento, no en un sentido enciclopédico
sino de videncia -como quería Rimbaud-, de poder ver más
allá de los sentidos y de evidenciar ese poder visionario
en el poema.
El sueño ha terminado
En el actual paréntesis posmoderno
que nos toca vivir, las vanguardias, desacreditadas como factores de cambio,
se han vaciado de significación y han devenido estilos, maneras
desprovistas de toda acción eficaz en el seno de la historia. El
discurso posmoderno recurre a estos estilos como recurre al clacisismo,
al barroco y al más edulcorado romanticismo Este recurso de apropiación
y de vaciado de la forma es, sobre todo, más evidente en la arquitectura
y las artes plásticas. En poesía, el retorno a las formas
cerradas y a la revalorización de la rima, nos habla de un cuestionamiento,
de una crítica implícita a las rupturas sintacticas, temáticas
y espaciales desarrolladas en el periodo heróico de la revuelta
vanguardista. Ya no se trata de cambiar la vida porque la transparencia
posmoderna
ha
disuelto toda ilusion de otredad, todo enigma esperanzador, toda utopía
totalizadora. No hay Abisinias donde reclinar la cabeza porque ahora, el
presente es perpetuo y la metafísica ha sido expulsada de la república
posmoderna. De ahí el retorno a una poesía más preocupada
por sus propios límites retóricos que por las inmersiones
en los ilimitados abismos del sentido donde la palabra se atomiza, se fragmenta,
deviene acróbata sobre la cuerda del silencio y al fin estalla,
inmolada en el exceso de su propia multiplicidad. Esa palabra en riesgo
permanente que estaba en La tierra baldía de Eliot, en el
Altazor
de Huidobro, en la voz epiléptica del Vallejo de
Trilce y
en el Girondo de En la masmédula, ya no tiene lugar en la
escritura contemporánea. En ese sentido, la escritura -como la pintura-
vuelve a representar, es decir, a ser espejo del mundo, a devenir cristal
reflejante. No creo que estemos ante una actitud reaccionaria -como algunos,
de manera mecanicista, plantean-, estamos ante una actitud
representativa
de la palabra poética -representativa de una época, de un
estado de espíritu y del agotamiento de una tradición -la
tradición de la novedad. Reaccionario sería escribir Altazor
o La tierra baldía , setenta años después,
sin la menor sonrisa en los labios. Cierto, si algo salva a la época
-y por lo tanto a su escritura- es cierta sonrisa. Una sonrisa que esconde
en su propia expresión la irremediable condición de permanencia;
la constatación de que ya no hay futuro posible sobre el mundo.
Entonces ¿el sueño ha
terminado? ¿Ya no hay manera de cambiar la vida a través
de la poesía como pedía Rimbaud a los modernos? Lo que sí
ha terminado es el sueño único y lineal que la modernidad
impuso y que se llamaba progreso -sueño al que se adhirieron, por
igual, liberales y socialistas y que sirvió de matriz para el nacimiento
de las vanguardias y su culto excesivo de la novedad. La poesía
no ha terminado, ¿cómo podría terminar una de las
mayores exigencias humanas? Sin embargo, con el agotamiento de las vanguardias
históricas acaba el isomorfismo entre radicalismo estético
y radicalismo ideológico que se vivió intensamente en la
primera mitad de nuestro siglo, esa suerte de continuación de la
mimesis entre mundo y lenguaje, entre espíritu y materia, entre
pensamiento y acción. Pero, ¿será que acaba o será
que adquiere un nuevo rostro con la actitud posmoderna? Bien mirado, el
arte y la poesía de nuestro tiempo responden a la condición
post-utópica -¿y post-onírica?- de la actualidad;
es decir, evidencian el descrédito generalizado de los proyectos
de la modernidad -desde la revolución industrial a la revolución
bolchevique y sus epígonos- con una actitud no de retorno al pasado
sino de aceptación de las diversas tradiciones que en el presente
confluyen y que ya estaban aquí; sólo que el platónico
árbol vanguardista impedía ver el bosque de dichas tradiciones.
En ese sentido, la relación isomórfica entre creación
y realidad, entre poesía e historia, sigue estando vigente, y así
se confirma una sospecha: la poesía está adentro, nunca afuera
del mundo; participa de la historia en la misma medida en que la niega
y la trasciende, pero sólo sobrevive si la trasciende, como la poesía
de Dante o la de Homero trascendieron su época. Ese atributo -trascender
su propia matriz- establece la esperanza que aún depositamos en
la poesía: la esperanza de cambiar la vida -superados ahora
los ismos excluyentes- a partir de la diversidad, la relatividad
y la aceptación de la diferencia. Una poesía, en suma, que
siga siendo "multiplicadora de futuro" (de nuevo Rimbaud) y alquimia verbal;
nunca palabra en reposo sino en proceso: siempre en acto de ser. |