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revista de cultura # 11

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fortaleza, são paulo - abril de 2001

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Otto Dix: la tragedia de la modernidad
Víctor Sosa
ag11dix1.jpg (8330 bytes)"Desde mi ventana, sobre el silencio primigenio de la playa, escuchaba el tronar que venía de una distancia incierta. No sabía qué era - acaso una batalla entre buques ingleses y alemanes - pero sí que había destrucción, amplia destrucción por todas partes y… purificación del espíritu. Arrancado de mis límites, arrastrado al centro del conflicto, por un momento viví destrozado y liberado". 

Las anteriores palabras, tan terribles por trágicas, pero más terribles aún por su innegable sinceridad, no fueron dichas por un militar de derecha sino por un pensador reconocido más tarde por sus posiciones liberales y pacifistas: Martin Buber. Dichas palabras definen una época: aquélla que dio origen a la exacerbación de los nacionalismos europeos y que, poco después, conducirían a la Primera Guerra Mundial. Definen, también, un estado de espíritu: aquél que prevalecía en muchos intelectuales y artistas - tanto de izquierda como de derecha - que veían en la guerra un necesario factor de transformación encaminado hacia una sociedad y un hombre nuevo. 

ag11dix2.jpg (23151 bytes)Como se sabe, los futuristas italianos y algunos expresionistas alemanes - sin olvidar el caso del poeta ítalo - francés Apollinaire - participaron en la conflagración con inusitado entusiasmo. Del lado socialista, la guerra encarnaba el grado cero de una civilización decadente, injusta y basada en la explotación del hombre por el hombre; era vista como el esperado Juicio Final por los marxistas… y abría las puertas a la tierra prometida del comunismo. En parte - y en términos históricos -, dicha visión es comprensible: "la guerra, única higiene del mundo" - al decir de Marinetti - contenía en su destructivo poder una ilusoria esperanza. Muchos creyeron, ingenuamente, en esa esperanza redentora. Otros, no. Los dadaístas - reunidos significativamente en Zurich - territorio neutral de la Europa en llamas - denunciaron la estupidez y la hipocresía de sus contemporáneos; no tomaron partido: tomaron distancia para señalar el horror y el error colectivo de sus congéneres. De ahí el nihilismo como única actitud lúcida ante los artilugios esperanzadores de las banderas. Dadá navegó con bandera propia - es decir, sin bandera alguna - por sobre los cadáveres de ambos bandos que abonaban los campos europeos. 

Otto Dix - alemán nacido en 1891 - participó como voluntario en la fiesta macabra de la Primera Guerra Mundial y, posteriormente, formó parte del dadaísmo berlinés - el más politizado de los grupos dadaístas alemanes -, siendo integrante de la Primera Feria Internacional DADÁ, realizada en 1920. Sin embargo, su paso por dicho movimiento fue efímero, como lo habían sido sus anteriores afinidades con el expresionismo. Se le conoce como el principal representante de la Nueva Objetividad - tendencia desarrollada en Alemania a partir de mediados de los años veinte - nacida de las cenizas del expresionismo - y finiquitada con el irresistible arribo del nazismo. La Nueva Objetividad puede verse como un retorno a los cánones compositivos tradicionales, pero un retorno crítico, ácido, lo más alejado de la analgesia naturalista y de las buenas conciencias burguesas. 

ag11dix3.jpg (22152 bytes)Dix - como su coetáneo George Grosz - es difícil de clasificar, aunque nos dejó una obra de una contundencia - ciertamente expresionista en su expresividad - inconfundible. Se ha subrayado - con exactitud - algunas similitudes con Grosz, pero también habrá que remarcar las diferencias: Grosz era un panfletario - en el mejor sentido del desprestigiado término -, un provocador, un sarcástico, un francotirador que dispara contra los valores más nobles de su sociedad: el buen burgués, la santa Iglesia, el industrialismo y las orgullosas razones nacionalistas; Grosz ríe con una risa desencantada y cínica - clara herencia de Dadá - y, así, muestra el pus de los puros, saca a relucir las pústulas de los decorosos burgueses apacibles, quienes, sentados en los cafés de las civilizadas metrópolis, financiaban la carnicería. Dix comporta otra actitud ante el desastre, una actitud definida por el espíritu de la tragedia. En otros términos: Dix es un humanista que se detiene ante la muerte y ante la descomposición social - e incluso corporal - con un aire absorto, entre la fascinación y el azoro. Desprovisto de ideología, no construye un panfleto contra la sociedad que posibilita la racionalizada barbarie de la guerra; por el contrario: describe, deja testimonio de ese "suceso natural" - que, sin embargo, lo atrae por su radical ferocidad - como un reportero o como un médico forense ante su material de estudio. Por eso, la obra de Dix es una radiografía de la miseria humana, más allá incluso - aunque partiendo de ahí - de los males provocados por su época. Y los males están en el frente de batalla pero también en las lujosas ciudades hedonistas. Dix no traza diferencias, homologa la condición trágica del ser humano, subraya lo irracional de esa condición, se mofa de la cultura y de la - hasta entonces - incuestionable asepsia de la modernidad. 

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Ante Dix, pienso en Goya, pienso en los macabros Caprichos del español. Pienso, en segunda instancia, en Orozco, no por una visible correspondencia estilística - que igualmente podemos encontrar -, sino por un invisible e indeterminado parentesco trágico entre el alemán y el mexicano. En Orozco - al igual que en Dix - no encarna tanto la denuncia como la dolencia, no el panfleto sino el espíritu de la tragedia. Sus mendigos y sus putas, sus opulentos burgueses y sus bacanales de sangre y de lujuria son - como en Dix - la representación de la miseria humana. Revisitar la obra de Dix, hoy en día, es aceptar el juego de espejos que nos propone el artista y preguntarnos, entre la fascinación y el azoro - destrozados y liberados, como Buber -, si acaso el objeto de representación no seremos nosotros mismos.


Víctor Sosa (Uruguay, 1956) é poeta, crítico e pintor. Em 1983 naturalizou-se mexicano. Entre seus livros de poesia encontram-se Sujeto omitido (1983), Sunyata (1992) e Gerundio (1996). Na obra ensaística destacam-se La flecha y el bumerang (1997) e El impulso. Inflexiones sobre la creación (2000). Colaborador de publicações mexicanas como Vuelta e Semanario Cultural, hoje é ativo crítico de literatura e artes plásticas de Jornada Semanal. Página ilustrada com obras de Otto Dix. Contato com o autor: sunya@prodigy.net.mx.

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