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revista de cultura # 10

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fortaleza, são paulo - março de 2001

 

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ALBERTO MURILLO: EL ARTISTA ES UN MAGO

Rafael Ángel Herra

ag10herra1.JPG (15577 bytes)En un libro de conversaciones con el artista Francisco Amighetti, con ocasión de sus 80 años, fue inevitable hablar de la función del arte. Entonces escribí que "el artista es un mago que transmuta la carroña en delicias"; y que "la misma escena insoportable de la realidad se torna bella en la ficción estética". He vuelto a pensar en estos temas a propósito del trabajo de Alberto Murillo, particularmente cuando observo y trato de entender no solo la obra, sino mis impresiones. La visión de los grabados cuyo tema son la estilización de cuervos y las corridas de toros a la usanza costarricense reafirma mi creencia de que uno de los efectos principales de la obra de arte es transformar en ficciones tolerables las fantasías menos tolerables de nuestra vida.

El arte es metafórico porque la metáfora nos economiza la confrontación directa con la realidad. Los cuervos enmarcados en un horizonte sangriento transfiguran la violencia en formas y colores fácilmente contemplables, conservando, al mismo tiempo, una fuerza inquietante porque la representación alude, y lo sabemos, a algo que perturba en la realidad vivida.

Cómo logra un artista estos efectos es parte de su estilo, de su arte, de sus técnicas y carácter. El talento de Alberto Murillo no solo es técnico, no consiste solo en la forma de la incisión y la impresión; su arte no se agota en la habilidad del buen dibujante. Pienso que su fuerza mayor está en la composición y en lo que logra relatar con ella. En este juego se emparenta con Amighetti, el genio lleno de guiños del grabado latinoamericano, aunque ya Alberto Murillo hizo casa aparte en el trazo, sin abandonar lo mejor del maestro, precisamente esta capacidad de componer y relatar que ejemplifican los cuervos y las corridas y, en forma más sutil, los retratos ejecutados gracias a técnicas distintas.

El relato de las corridas es la muerte. La muerte en imágenes, en acción casi teatral, en miradas de grandes ojos de horror que se quedaron fijas para siempre. La muerte ritualiza esos gestos de brazos tensos y manos abiertas, con movimientos de bailarín. En las fiestas taurinas, la muerte se infesta entre la gente, se asoma en sus contorsiones; pero también se vela, se difumina en el toro apenas perceptible. El arte vive de la realidad, sin duda, pero la revive de cierta manera - la que el artista elige y la que el lector lee, pues tanto el artista como el lector se asoman a las ficciones desde sus propias experiencias y fantasías.

Aquí interesa otra cosa: la condición que tiene el arte de rehacer la realidad en aparatos de ficción que la transforman según la voluntad del artista. El arte permite representar las cosas a la medida del hombre convirtiendo lo feo real en ficciones, en bellas y tolerables ficciones. El arte sirve parta domesticar el horror y hace posible la dicha en un lugar en el que la dicha siempre será posible: en el lugar del goce estético.

Los retratos son también importantes en la obra de Alberto Murillo.

ag10herra2.JPG (40851 bytes)Los retratos acusan estados de ánimo. Cada trabajo sugiere el propósito velado de representar una emoción o, si se prefiere, un estado del espíritu. Esto se expresa en la actitud corporal, en el dibujo del rostro, en el balance recíproco de lo claro y lo oscuro y, sobre todo, en el juego de las miradas; a veces, por ejemplo, sin que el espectador le vea los ojos, sabe que la protagonista, casi de perfil, se entrega a la ensoñación que le abre un horizonte limpio e infinito, olvidándose de todo lo demás.

En otra xilografía, la misma figura, sentada sobre una mecedora, concentra el gesto facial en una especie de preocupación reforzada por los pliegues y tensiones, no del cuerpo, sino de la ropa. Más allá inclina la cabeza, cruza los brazos, aprieta la boca y completa el gesto de displicencia con las curvas exageradas, como rayas de cera, de las pupilas…

Este es un momento oportuno para repetir la pregunta que siempre intriga al contemplar un retrato fuertemente definido por los estados de ánimo que sugiere: ¿El artista graba en él sus emociones o las de su modelo?

El retrato retrata muchas cosas al mismo tiempo: en primer lugar la época en que se ejecuta. El arte de pintar personas reales, con su identidad, y no simplemente como modelos, apareció en Europa en una época dominada por sentimientos crecientes de culpa y mala conciencia. Hoy día no podemos limitarnos a este sentido emocionalmente negativo de la interpretación del retrato como género estético - puesto que el arte y los factores que intervienen en su producción, circulación y consumo se transforman de una sociedad a outra -, pero sí nos queda la sensación, al contemplar retratos, de que ahí confluyen las pasiones: por un lado, las del autor y, por el otro lado, las que el artista lee en la persona retratada así como las de la persona que observa. El retrato parece sintetizar en un solo objeto los estados de ánimo (generalmente activos) de su modelo y los estados de ánimo (pasivos y activos) del observador.

La obra de arte es algo más de lo que representa. Albero Murillo finge una corrida para representar a la muerte; hace unos cuervos para fingir la violencia; pinta o graba un retrato para suscitar estados de ánimo. Alberto Murillo es testigo y artífice privilegiado de estas funciones de la obra de arte.

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Alberto Murillo (San José, Costa Rica, 1960). Bachiller en Artes Plásticas con énfasis en grabado de la Universidad de Costa Rica. Entre 1992-95 obtinene el Master of Fine Arts en grabado The University of Iowa, Estados Unidos. Entre sus exposicones individuales destacan: Galería García Monge del Teatro Nacional 1989: Retratos de Julia. Vestíbulo del Teatro Melico Salazar 1990: Xilografías. McAuley Gallery del Mount Mercy College, Iowa. 1994: Alberto Murillo: The Iowa Prints. En 1997 Alberto Murillo Herrera, Grabados en el Museo de la Estampa, México. En 1999 Alberto Murillo, su compromiso con el grabado, Galería Nacional de Arte Contemporáneo, MAC, San José, CR. En el 2000, recibe el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en Artes Plásticas, 1999 (En grabado). En 1996 obtubo el Gran Premio y Medalla Goya de Oro de la X Bienal Iberoamericana de Arte, Instituto Cultural Domecq, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes, México, D.F., México. En 1991 la Mención Honorífica del Salón Nacional de Grabado Francisco Amighetti. Museo de Arte Costarricense. En 1986 obtiene el primer lugar del Certamen jóvenes valores Fausto Pacheco, del Centro Cultural Costarricense Norteamericano. Contacto: murilloh@cariari.ucr.ac.cr.

Rafael Ángel Herra é ficcionista e ensaísta. Dirige a Revista de Filología, da Universidade de Costa Rica. Dentre seus livros, destacam-se La guerra prodigiosa, El genio de la botella, El soñador del penúltimo sueño, Las cosas de este mundo, Lo mostruoso y lo bello, Viaje al reino de los deseos e Escribo para que existas. Atualmente é embaixador da Costa Rica na Alemanha.

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